17.3.26

PAT GARRET Y BILLY EL NIÑO ( 1973 )

A pesar de que la frase "...los dos fenómenos culturales genuinamente americanos que este país ha aportado a la cultura son el western y el jazz" siempre ha estado en boca de Clint Eastwood, parece que se le atribuye originalmente al escritor afroamericano Albert Murray. Más allá de la autoría y de lo limitado de la afirmación, lo que es seguro es que el western es un género totalmente norteamericano que evoca un periodo concreto de su historia. Esta etapa está plagada de leyendas -nombres marcados a sangre y fuego-así como de personajes reales que vivieron trayectorias turbulentas. Una de ellas fue, precisamente, la de dos antiguos compañeros de fatigas a quienes la vida acabaría separando: situando a cada uno en un bando distinto de la ley.

¿Pero de qué va Pat Garrett y Billy el Niño? Billy (Kris Kristofferson) es un pistolero a sueldo que trabaja para empresarios envueltos en una batalla por el control del comercio local. Tras ser apresado y condenado a la horca por el asesinato de un sheriff durante una refriega, el vaquero logra escapar después de abatir a dos hombres. Su antiguo camarada, Pat Garrett (James Coburn), es reclutado como sheriff por las autoridades locales con un objetivo meridiano: apresar al fugitivo y hacer cumplir la sentencia.

Sumergirse en la historia real de estos dos personajes ya nos invita a curiosear cómo plasmó el cine tan peculiar relación; cómo se pasó del compadreo al juego del gato y el ratón, con una alta probabilidad de acabar como modelo de prueba para ataúdes de pino. Se habla de este film - el último western que rodó Sam Peckinpah - como uno de los títulos crepusculares de la era dorada del género. Y es que, en el fondo, no estamos ante una obra al uso. No se nos muestra un bando claramente bueno - ya sea la ley o el forajido en busca de justicia extrajudicial- frente a unos outsiders entregados al robo. La cinta se retrata como un duelo vitalista entre dos maneras de ver la existencia, entre dos concepciones y momentos distintos, pero sin la brújula moral que solía definir al género. Billy es un mercenario al servicio de unos señores que, sin embargo, cuenta con la estima de sus conciudadanos, especialmente entre los mexicanos. Por su parte, Garrett representa la ley, pero también lo opuesto a la nobleza. Pese a ser el defensor del orden, actúa como un auténtico cazarrecompensas, más preocupado por el dinero y la fama que por el sentido estricto de la justicia o la amistad.

Desde el inicio, los protagonistas se mueven por la trama como si supieran que les aguarda un final aciago. Las normas morales carecen de sentido y solo se guían por los presentimientos o las acciones que consideran óptimas para retrasar el fatídico momento. Visualmente, el film huye de los grandes planos y horizontes amplios, cerrando la visión y haciendo uso de tonalidades ocres —como si una tormenta de arena hubiera cubierto a los personajes— junto a rojos intensos en las escenas sangrientas. Se alternan encuadres anchos enfocados en primer plano con el uso de la cámara lenta, remarcando su vertiente dramática. Peckinpah recurre aquí a recursos marca de la casa, como la acción reflejada en espejos o las posturas estáticas en momentos críticos, conservando su pasión por las composiciones pictóricas.

El otro elemento vital es la banda sonora. Peckinpah conoció a Bob Dylan en una actuación y quedó prendado por la fuerza y sencillez de su propuesta. Lo que en principio iba a ser la cesión de un par de temas terminó con el músico de Minnesota componiendo la totalidad de la obra. No solo eso: el director le reservó un papel que, aunque secundario, aporta un magnetismo especial al film. Dylan grabó un disco de matices rústicos y una mezcla de estilos muy acorde con la visión íntima de la historia, entre los que destaca su archiconocida Knockin´on heaven´s door.

Lo curioso de esta cinta es que acabaría teniendo una vida cíclica. Empecemos por el principio, el rodaje fue auténtico un caos. El director atravesaba su particular infierno personal y su adicción al alcohol era cada día más evidente; y por postres a algunos actores del set les costó mas bien poco apuntarse a las fiestas, ya fuera para "entrar en el papel" o por militancia . Las disputas con la productora convirtieron la filmación en un rifirrafe constante. El problema prosiguió para la MGM ya que, una vez finalizado el film, el presupuesto sobrepasó con creces lo esperado y la respuesta inicial del público fue fría. No sería hasta años después cuando la cinta viviría una segunda juventud, impulsada principalmente por el interés de la banda sonora. El disco de Dylan superó el medio millón de ventas solo en Estados Unidos., catapultando el interés acerca de la película. Con la entrada del vídeo en los hogares y la desaparición del western de las salas, el film pasó de ser un producto casi caduco a una joya a reivindicar.

En definitiva, estamos ante un film salvaje, gamberro y desacomplejado. No esconde la bajeza humana y expone la epidermis con grados de erotismo al filo de la censura. Un claro ejemplo de cómo el espíritu de la serie B puede llegar a doblegar a las grandes producciones de la industria convencional.

T.O: Pat Garrett and Billy the Kid
Nacionalidad: USA
Duración: 122 min. (Director's Cut)
Dir: Sam Peckinpah
Int: James Coburn, Kris Kristofferson, Bob Dylan, Katy Jurado, Slim Pickens
VALORACIÓN
★★★★★★★☆☆☆

No hay comentarios:

Publicar un comentario