26.2.26

CENTAUROS DEL DESIERTO ( 1956 )

Es un trabajo enorme el que hacen algunos cineclubs, especialmente en ciudades pequeñas, en su empeño por traernos obras distintas a las de los cines convencionales o por rescatar algunos clásicos polvorientos para que las nuevas generaciones los descubran en pantalla grande. Ayer tuve la suerte de rememorar —ya que hacía largos años de su último visionado— esta inconmensurable obra con dos de los nombres más icónicos del género western: John Ford y John Wayne. Y doy las gracias, porque muchos descubrimos estas películas en largas sesiones de sábado tarde por la 1, y ver un título como Centauros del desierto, con todo lo que fotográficamente ello implica, en una sala de cine, es un espectáculo maravilloso.

¿Pero de qué va Centauros del desierto? En 1868 Ethan (John Wayne) vuelve de la Guerra de Secesión al hogar de su hermano en Texas. En el valle, se han dado episodios de robo de ganado y los habitantes están preocupados. Todo apunta a que alguna tribu india estaría detrás de las desapariciones. Una expedición de hombres sale a investigar qué ha pasado y se dan cuenta de que lo de los robos es solo un anzuelo: los indios lo que realmente querían era atacar a la gente de la villa. La familia de Ethan muere. Tan solo parece haber sobrevivido la pequeña Debbie, pero seguramente se encuentra en manos del gran jefe indio Scar.

Lo primero que ves al arrancar este film en una sala es el trabajo de fotografía de Winton C. Hoch. Esa introducción por las tierras de Monument Valley (aunque la historia se sitúe en Texas) es casi ya un anagrama oficial en cuanto a lo que decorados de western se refiere, con todos mis respetos para Tabernas, Almería. Su dominio y técnica de aprovechamiento de los planos panorámicos, su uso del tecnicolor con tonalidades azuladas y su aportación personal sobre cómo tenían que ser ciertos planos para que quedasen fotográficamente impecables rezuman en cada fotograma, aunque su estricta visión de la fotografía le supusiera habituales broncas con Ford.

Entrando en el plano interpretativo, estamos ante uno de los trabajos más completos de Wayne, el cual se enfrenta a un personaje que, más allá de su aura solitaria y de tipo duro, adopta muchos más registros que, en algunos puntos, lo alejan del clásico e intachable héroe americano: Ethan esconde dentro de sí un gran rencor. Él es un miembro del bando perdedor, aunque le duele reconocer la derrota y sigue vistiendo con honor el uniforme confederado. Para él la guerra no ha acabado, porque en su interior sigue cargando con toda esa frustración. Su pasado después de la batalla se nos presenta oscuro, sin saber muy bien cómo ha sobrevivido y a qué se ha dedicado. Toda esa ira la descarga contra todo lo que no le representa, especialmente en su vertiente más racial: odia a las tribus indias y, en un primer momento, ni tan solo tolera a los mestizos. Es un hombre en guerra contra sí mismo, violento contra un mundo que ve que ya no le pertenece. Sigue aferrado a una patria sentimental, pero con una ausencia total de arraigo en ella. En algunos aspectos es ruin, cautivado por la esposa de su hermano, escondiendo sentimientos pasionales no éticos. Wayne tuvo que lidiar con esa complejidad humana y con las presiones constantes de Ford en cuanto a la interpretación: el director era de todo menos un hueso fácil de roer y solía poner a sus actores al límite de sus posibilidades y paciencia.

Cuentan los cuadernos de bitácora que, a pesar de contar con más de 20 westerns de bagaje a sus espaldas, Ford impuso un régimen de rodaje casi dictatorial a la hora de filmarla a lo largo de las siete semanas que duró el mismo. Con un clima extremo, cerca de los cuarenta grados diurnos y los pocos nocturnos, con tormentas de arena en el desierto y con su hostigamiento constante hacia el equipo técnico y actoral, el título se convirtió en una difícil experiencia cinematográfica, especialmente para Wayne y Jeffrey Hunter.

A toda la trama personal de Ethan Edwards hay que añadirle un plantel actoral de primera línea y un guion sólido que, a través de las dos horas de duración, abarca cinco años de la vida de los protagonistas y les hace pasar del desierto a las llanuras nevadas o a las tierras fronterizas de Nuevo México. El ritmo de la cinta es un equilibrio magistral, ya que juega con la acción más clásica del género para sumirnos en las interioridades de los personajes. Usa artificios como una carta escrita para que visualicemos el paso del tiempo en tan solo segundos. Conjuga la contemplación con la carga a casco ligero, dejando asomar las escenas costumbristas de una realidad que continúa cotidianamente lejos de la odisea de los dos protagonistas, mientras estos siguen avanzando en su viaje de incierto destino. Ford sabe que no puede ofrecer un film donde solo visualicemos gente cayendo del caballo ni una tertulia de inadaptados sociales sin contexto: la coctelera goza de los centilitros exactos de cada componente, todos ellos introducidos en un orden más que coherente.

Se habla mucho de la redención a lo largo de los años de Ford en cuanto al mensaje político de sus películas. Yo en ese aspecto no lo veo tan claro. El director siempre tuvo la visión oficialista que, de hecho, toda la sociedad americana tuvo al respecto acerca de la colonización de los Estados Unidos. Simplemente, en Centauros del desierto aparece un personaje complejo y, sí, racista a muerte, amargado, que incluso lo disfruta ya sea disparando por la espalda o perforando los ojos a un muerto de un balazo, pero no creo que se pueda ahondar mucho más. Si bien es cierto que con los años introduce factores de redención o personajes que nos muestran que la barbarie normalmente no conoce de uniformes, no es ni mucho menos ninguna abdicación de los conceptos históricos que el género amasaba.

Como siempre, podríamos buscarle —con una inmensa lente— algunos que otros defectos al film, ya sean de raccord o de guion, que existen; pero en este caso, y salido del cine con ese regusto en la boca, no me apetece en absoluto.


Título original: The Searchers
Nacionalidad: Estados Unidos
Duración: 119 min.
Director: John Ford
Reparto: John Wayne, Jeffrey Hunter, Vera Miles, Ward Bond, Natalie Wood.
Puntuación: ★★★★★★★★½☆ (8,5/10)


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