En 1919 un barco llega a la deriva a la costa inglesa con toda la tripulación muerta. Tan solo se ha salvado un pasajero, un noble rumano que viaja para establecerse en Gran Bretaña. El conde Drácula es un ser solitario y con un magnetismo personal enorme que seducirá inevitablemente a las mujeres cercanas. Todo tomará un matiz oscuro cuando su vecina, Mina Van Helsing, aparezca muerta y desangrada.
Estamos ante un Drácula distinto al clásico de Lee. Se laminó esa ferocidad del murciélago humano con los ojos inyectados en sangre; de hecho, el propio Langella pidió explícitamente que no hubiera escenas donde se derramara sangre para alejarse del estereotipo. Encontramos más semblanza con la versión de Browning y Bela Lugosi, conservando la elegancia del personaje y el amor por las atmósferas recargadas de goticismo.
La historia mutila el periodo del viaje a Transilvania, adaptándolo a la llegada del conde a Inglaterra. Badham, que no era un director versado en el fantástico pero sí un realizador de grandes éxitos como Fiebre del sábado noche o Juegos de guerra, demostró su habilidad para moverse en el género. Aunque su éxito comercial fue limitado —el cine de vampiros clásicos empezaba a estar denostado—, Badham se tomó el trabajo muy en serio.
Pretendió rodar originalmente en blanco y negro por su inspiración en la Universal, pero ante la negativa de la productora, se usó un filtro mate en ediciones posteriores que agudiza la atmósfera gótica. Contamos con una extraordinaria fotografía, vestuario y banda sonora de John Williams. Frank Langella está espléndido en un espectáculo visual de castillos derruidos, lobos y criptas. Es un film que se acerca más a los autores románticos ingleses y a las noches lluviosas de luna llena que al terror puro. Francamente destacable.
Nacionalidad: Gran Bretaña.
Duración: 109 min.
Dir: John Badham.
Int: Frank Langella, Laurence Olivier, Donald Pleasence.
No hay comentarios:
Publicar un comentario