¿Pero de qué va Furia Oriental? En el Shanghái de los años 30, bajo la ocupación nipona, Chen Zhen (Bruce Lee) regresa a su antigua escuela de artes marciales para ver a su maestro. Al llegar, descubre que este ha fallecido. Durante el sepelio, un grupo de japoneses irrumpe de forma violenta insultando a los presentes y retándoles a luchar. Chen pronto sospechará que la muerte no fue accidental y, a pesar de que la filosofía de su grupo es pacífica, ante el odio reiterado de la otra parte, decide vengar a su mentor.
Este film es, quizás, uno de los más revolucionarios de su carrera. En él se forja el personaje de Chen Zhen: un especialista en artes marciales que, más allá de luchar por luchar, intenta con su gesta recuperar el orgullo de un pueblo humillado. En la cinta se plasma claramente cómo el pueblo chino es definido como "la enfermedad de Asia" y cómo se prohibía la entrada a chinos y perros en sus propios parques. Sin duda, hablamos de posiblemente una de las ocupaciones más atroces de la historia. Lo que plasmaba Bruce Lee en la pantalla no era solo una distracción cinematográfica, sino una pieza de recuperación de un sentimiento colectivo. En su estreno arrasó en las taquillas, conectando perfectamente con la tradición y una realidad histórica: la de muchos maestros que se mantuvieron escondidos para no cumplir con la obligación de enseñar sus antiguas técnicas de lucha a los invasores.
Estamos, pues, ante una reivindicación de una cultura milenaria que, gracias a un nuevo héroe, recuperaba su espíritu pisoteado. No solo se vengaba del enemigo, sino que incluso le obligaba a humillarse. Todo ello se aderezó con unas excelentes coreografías de acción que han sido fuente de inspiración y plagio para otros cineastas: la escena final es, claramente, la fuente de la que bebió Tarantino para la primera parte de Kill Bill. El uso de objetivos gran angular y el rodaje de las escenas en tomas largas y sin edición posterior, le dieron una dosis de realismo totalmente innovadora. Además, se introdujo la presencia del nunchaku —aunque en origen era una herramienta agrícola, ahora es una pieza indiscutible de la lucha asiática—, aportando más energía al conjunto.
Furia Oriental acaba siendo una obra coral donde Lee brilla con luz propio. Ya no solo nos impresiona con sus habilidades físicas, sino que le imprime una fuerza extraordinaria a su propia leyenda haciendo de la gesticulación y del lenguaje corporal otra herramienta interpretativa: la rabia es visible, el odio al opresor es palpable y el sentimiento de justicia, totalmente identificable.
Seguramente el punto más conflictivo del film ocurrió de puertas para adentro. La relación entre el realizador Lo Wei y el propio Bruce llegó a un punto inaguantable, hasta el extremo de que hubo una pelea con cuchillos de por medio. Este hecho hizo que Lee decidiera, de cara al futuro, hacerse cargo personalmente de los proyectos en los que se involucrara. De ese malestar fue testigo un joven Jackie Chan, que tenía un pequeño papel en la película y que afirmó ver al director escondiéndose detrás de su mujer mientras Lee se dirigía enfurecido hacia él. Por cierto, final apoteósico.
A pesar de ello, estamos ante un maravilloso entretenimiento que, con todos los defectos atribuibles a este tipo de cine, superaba todas sus barreras y convertía a Bruce Lee en el Elvis Presley del kung-fu.
Nacionalidad: Hong Kong
Duración: 106 min.
Dir: Lo Wei
Int: Bruce Lee, Nora Miao, James Tien
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